Ciudad de Panamá. Celebrando la entrada del nuevo año

Reinaba la más absoluta oscuridad, eran las 4:20 de la mañana, nos habíamos dormido, pues la lancha salía a las 5 de la madrugada desde Narganá, un pueblo vecino y concretamos salir como máximo de Digir Dupu a las 4:30 h. Nos apresuramos, mas bien volamos, no queríamos perder la lancha, pues no sabíamos con certeza, si en un día tan especial, habría mas salidas y habíamos quedado que al llegar a Ciudad de Panamá haríamos un Skype con la familia a las 0:00 hora española, con el fin de celebrar el Nuevo Año juntos.

–          Niños despertad rápido, cargad vuestras mochilas que Demetrio y Daniel nos esperan en la barca para llevarnos hasta Narganá, rápido que ya vamos tarde.- Desperté a los niños,  mientras Angel intentaba acabar de empacar todo alumbrando con una pequeña linterna.

–          Mami no encuentro mis chancletas, pero bueno voy descalza, no pasa nada.- Dijo Noa.

–     No Noa que no tenemos otros zapatos, amor recuerda donde las dejaste.- Contesté con prisas.

–          Mami es que no se, no veo nada.- Contestaba riéndose, medio dormida.

Entre olas y oscuridad llegamos a Narganá, pero desgraciadamente la lancha ya había salido. Todavía era oscuro, en el muelle reinaba el más absoluto silencio. Descargamos las mochilas y deje a Noa dormida, medio en pijama y descalza pues finalmente no encontramos sus chancletas. Un barco de pescadores se apiado de la escena y me llamó.

–          Mamá, traiga a su bebe y al niño (a todos los niños chiquitos los llaman bebes), estírela aquí y tápela con la cobija, hasta que solucionen.- Con voz firme, un marinero encantador, de un barco colombiano amarrado en el muelle me dirigía los pasos.

–          Oh! Mil gracias muy amable. Si que hace frio, hemos perdido la lancha por los pelos.- Contesté.

Ángel, Daniel y Demetrio fueron a ver que solución había. No se escuchaba un alma. A su regreso, fuimos a la pequeñísima pista de aterrizaje de Corazón de Jesús, pues nos dijeron que posiblemente podríamos encontrar alguna plaza libre. En fin, la información era de lo más dispar. Una vez en el aeropuerto unos nos decían que si había pasajes, otros que no era cierto, que todo estaba a tope y reservado, pero que si podríamos coger otra lancha hacia las 13 horas. Otros que siendo un día tan señalado no habría ese servicio. La desolación por la información tan dispar hacia que los ánimos estuvieran un poco por los suelos, cada vez que conversábamos con alguien nos abrumábamos. Solo Daniel y Demetrio con su característica tranquilidad, propias de los kunas, nos miraban sonrientes dándonos a entender que ya resolveríamos la situación.

De la espera en el aeropuerto, sacamos de bueno, conocer a una familia alemana con un niño de 2 años y una niña de 5. Llevaban 4 años viajando en velero y de momento se planteaban seguir viajando otros 2 mas. Noa e Ishi hicieron buenas migas con ellos y la amena conversación nos hizo relajar un poco ante tanta incertidumbre. Por el camino siempre topas con gente asombrosa que te dejan con ganas de poder pasar unos días más en su compañía.

A pesar de que el viaje fue un tanto accidentado, finalmente salió una lancha hacia Carti. Nos despedimos de Daniel y Demetrio, nuestros amigos de Digir Dupu, quienes nos habían cuidado todos los días que pasamos en su isla, con sus conversaciones, acompañándonos en diferentes momentos y haciéndonos cálida la estancia. Daniel de una dulzura exquisita, obsequió a Ishi con un cayuco tallado en madera y a Noa con un remo donde con un color verde había pintado un pez y un pato. Ya en el último momento, y ante el insistente hambre de Ishi y Noa, Daniel les repartió un bollito de pan a los niños y nos dimos un último abrazo antes de subir a la lancha. Una cierta nostalgia nos invadía. Digir Dupu y su gente había dejado una profunda huella en la familia.

El viaje en lancha fue de película, pues entre la velocidad y el oleaje, los botes no cesaban y a cada salto te salpicaban las olas y te iban calando, más bien empapando. Una vez en Carti, tuvimos que coger un coche 4×4 que nos llevó finalmente a Ciudad de Panamá. Llegamos in extremis.

–          Si, todavía llegamos, enciende el ordenador Ángel. Veamos si con televisión a la carta sintonizamos con las campanadas.- Entramos en la habitación a la carrera y con muchísimas ganas de conseguir hablar con la familia

–          Guau, los abuelitos y los tíos están conectados, hurra lo hemos conseguido, Feliz Año Nuevo jejejajejo.- Todos al unísono, en un batiburrillo de emociones y cansancio. 

Tras una larga y cálida ducha, y un pequeño descanso, fuimos a celebrar esta nueva entrada de año premiándonos con una cena en un restaurante japonés, previa parada en una zapatería para cubrir esos pies aun descalzos de la más pequeña de la familia. El día seguía en odisea, pues no había zapaterías abiertas, todos querían celebrar la entrada del 2012. El taxista que nos dejó en el restaurante conocía un mercadillo, en el que encontramos algo para salir del paso, pues sabíamos que el primero de año si que todos los establecimientos permanecerían cerrados.

Si queréis que os sea sincera, estábamos tan rendidos que tras saborear esos deliciosos sushis y un helado de te verde, me quede dormida junto a los niños sin poder llegar a las 0:00  panameñas. Solo Ángel vio el feliz ajetreo que armaron los panameños en un sinfín de fuegos artificiales dándole la bienvenida a este nuevo 2012. Dado que  no conseguimos llegar despiertos, al día siguiente preparamos doce taquitos de queso en lugar de uvas, pues no conseguimos dar con ellas. Buscamos el video de las campanadas españolas en youtube y poniendo cada taquito de queso en la boca a cada son del nuevo gong, con los carrillos repletos, la felicidad inundó de nuevo nuestros corazones.

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