San Francisco.Cautivadora e intensa

Llegando a San Francisco. Phoebe A. Hearst Museum

En la Universidad de Berkeley, en la facultad de antropología, radica el Phoebe A. Hearts Museum, donde pudimos mostrar a Ishi parte de la historia del último indio de la tribu Yahi.

http://hearstmuseum.berkeley.edu/exhibitions/ncc/ncc_4_ishi.html

A veces, mirando a mi hijo me paro a pensar porque decidimos nombrarle Ishi. Durante mi embarazo leía el libro de  Ishi The last Yahi de Theodora Weber. Las historias sobre los indios siempre me han cautivado, su fuerza, su cultura, su equilibrio y respeto por la naturaleza, su sabiduría. Siempre he encontrado injusto la forma en que fueron perseguidos y me cuesta comprender el cómo, por qué  y el sentido o necesidad de que fueran marginados y recluidos en reservas. Una lucha entre dos mundos tan diferentes, tan contrastados, tan opuestos que se hace difícil  buscar un punto de unión entre ambos.

Tras la lectura del libro y sin saber que estaba buscando, resonaba en mi subconsciente, de forma constante, el suave sonido que surge al pronunciar “Ishi”; corto, diferente, con presencia y fuerza, con significado propio “muchacho”, según el dialecto Yahi. Regale el libro a Ángel, sugiriéndole la posibilidad  de llamarle así.

Cuando vas a ser madre por primera vez, algo en lo más profundo de tu ser cambia, posees una sensibilidad natural que te hace diferente, una energía universal que te une a la belleza, a la feminidad, a la maternidad y vibras de forma especial. Dos seres presentes en un mismo cuerpo, armónicos, acompañados, bailando a un mismo son, escuchándose, deseándose, perdiendo de vista al resto del mundo. Un nuevo ser creciendo alegre, sintiéndose querido, amado, deseado, en ese cálido cuerpo de mujer que se le ha otorgado  el mágico don de dar la vida. La maternidad es un bonito regalo y uno de los momentos más especiales por los que puede pasar una mujer.

Ishi nació en Barcelona un 31 de marzo del 2002. María Luisa, mi obstetra, me dijo que me incorporase y que acabase de tirar de mi hijo en un último pujo. Un bebe resbaladizo, rosado, tierno, entre mis manos, instintivamente lo abrace, acercándolo a mi pecho, sus labios se abrieron y cabeceando se agarró y empezó a mamar. Ángel cortó el cordón umbilical y nos miró con ternura. Que bella presencia, que necesaria, que delicadeza su acompañamiento, siempre en un segundo plano.

Un paseo por la ciudad de los grandes desniveles.

Tras la visita al museo, Larry nos abrió las puertas de su casa. Los niños se quedaron impresionados con su pelo color rosado. Desde su casa, se disfruta de una vista espectacular, siempre y cuando la niebla no obstaculice el paisaje. De todas formas, los autóctonos de San Francisco están tan acostumbrados a ella, que forma parte de algo ya muy profundo, ligado a cualquier recuerdo. Les hace gozar y disfrutarla. Larry, nos acompañó con su presencia, seria, constante, agradable. Sus consejos nos guiaron en nuestras andaduras y su compañía enriqueció los días que pasamos en la ciudad.

http://www.sanfrancisco.travel/

San Francisco, de empinadas calles, subes, bajas, vuelves a subir, desciendes. Callejeas bordeando casas de la era victoriana, inmensas, con su historia, llenas de color. A lo lejos, divisas una enorme bahía. Las aguas del pacifico, agua fría, aturquesada. Los surfistas disfrutan de sus playas o más bien de sus olas. Les ves como pingüinos subidos a sus planchas.  Al fondo se divisa la isla de Alcatraz, famosa por su centro penitenciario inexpugnable, fuente de inspiración para muchas películas de Hollywood.

La ciudad posee personalidad propia, una hermosa mezcla de culturas, inmigrantes europeos, asiáticos, africanos, buscadores de oro. No me da la sensación de estar en EEUU, tiene un cierto aire europeo, un algo especial que la caracteriza y la transforma.

El tranvía difiere del “cable car”, coches arrastrados por cable. Los primeros tranvías de la ciudad eran arrastrados por caballos, los cuales a duras penas podían con las cuestas. Se iban a convertir en una especie en extinción por la dificultad de mantener su funcionamiento, pero los  ciudadanos de San Francisco encolerizados con la decisión, lucharon por que se mantuviesen, consiguiendo que no los retirasen. En 1964, el “cable car” fue declarado Patrimonio Histórico Nacional.

El Golden Gate Park:

San Francisco es una ciudad maravillosa. No cambiaría nada de ella. En cada lugar encuentras un rinconcito agradable donde poder disfrutar.

El Golden Gate Park es inmenso,  puedes recorrerlo en varios días y todavía te faltaría algo por ver, así que nos dejamos llevar por lo que reclaman siempre los niños, es decir, lugares donde encuentren más niños. Nos estamos convirtiendo en unos expertos encontrando dichos lugares.

–     Donde vamos hoy papis- preguntan a la vez, esperando respuesta.

–    Bueno, probablemente al Golden Gate Park.- responde Angel, mostrando el mapa de la ciudad y señalándoles el lugar.

–    Pero hay niños ahí o no?- asunto primordial que precisa de respuesta contundente.

–    Por supuesto, está repleto de niños que os están esperando- con una sonrisa pícara entre los labios, guiñándoles un ojo.

Recorrimos el parque de abajo a arriba, empezando por su playa. En San Francisco es difícil de disfrutar de la playa, pues el tiempo y el fuerte viento proveniente del Pacifico no lo permiten. Únicamente los surfistas pueden disfrutar realmente de ella. Así que tuvimos suerte, pues el día era fantástico y el viento muy suave. Desde que llegas, puedes palpar la fuerza del mar, su olor es bien diferente al del Mar Mediterraneo.

–    Mami este mar huele a pescado- decía Noa moviendo su nariz de un lado a otro.

–    Aita!!! mira esto, cuantas bolas tiene esta cuerda y que viscosa. La investigamos?- decía Ishi con una larga alga entre sus manos.

Corrimos por toda la orilla, saltamos girando el alga en círculos, jugamos a no mojarnos los pies y que no nos pillase la ola. Por supuesto, acabamos empapados, pero nuestras ropas no tardaron en secarse. Nos rebozamos en la arena, haciendo batallas y probando nuestras fuerzas. Ishi no soporta perder en uno contra uno.

–    Ves Aita, como ya soy mucho más fuerte que la mami, te rindes?– a esas alturas su cara ya estaba roja como una mala cosa. Tiempo de finalizar el juego, si no quieres que la olla a presión explote en su enfado con la vida.

Dejamos la playa atrás y seguimos camino. Subiendo, encontramos un lago donde un grupo de niños hacia navegar barquitos de vela. Al acercarnos y sin haber preguntado, un hombre mayor se acercó a Ishi con un barquito en la mano. Noa daba saltos de un lado a otro siguiendo a una paloma.

–    Do you want to try, kid? What’s your name?– dijo el hombre.

La cara de Ishi se ilumino al ver la propuesta, y el hombre con alma de niño se recreó explicándole como hacer navegar el barquito de vela. Mi hijo escuchaba atento, no queriéndose perder ni un ápice de la historia. De vez en cuando le traducíamos.

–  When I was a kid, I used to seal these little boats in this lake……- decía el hombre con intensidad.

Si dejabas que tus ojos atravesasen aquella línea imaginaria entre la realidad y la ficción, podías ver al anciano transformarse en niño de nuevo, como en un cuento de hadas.

Dejamos la travesía en el lago, atracando el velero y agradeciéndole al anciano por todo el momento, y seguimos nuestro recorrido.

A la entrada del área de juegos había un letrero que escrito con letra mayúscula decía  “No adults allowed unless acompanied by children” (No está permitida la entrada de adultos a menos que vayan acompañados por niños). Solo viendo el cartel, ya te venían ganas de entrar en el lugar y subirte a cada uno de los artilugios construidos únicamente pensando en ellos, los niños.

Una cabeza de dragón de labios besucones conquisto a Ishi. Una tortuga saludo a su paso y les sugirió subirse a su caparazón en busca de un pájaro. Un pelicano enamorado de Noa le invito a acariciar sus alas, y finalmente una ola gigante les traslado en su cresta al mundo de los columpios.

Los niños del lugar tiraban arena en un  unos toboganes de cemento. El asunto tenía su gracia, ya que la arena producía un mayor deslizamiento entre el cemento y el cartón utilizado a modo de esterilla. Cuanta más arena tirases mayor era la velocidad conseguida.

–   Jujuuuu, dabadabadu, atención que voy.- reían al deslizarse

Angel, me parece que voy a probarlo, parece muy divertido.- intervine yo, buscando un cartón a medida en el suelo.

Ishi conversaba con un niño que entendía castellano. Sigue fascinándome la facilidad que tienen los niños de encontrar el camino más corto para disfrutar. Finalmente, fue él quien introdujo a su Aita, a los padres de su amigo, tras explicarles que estábamos dando una vuelta al mundo. Una mujer brasileña, de Rio de Janeiro, casada con un americano de San Francisco interesados en conocer de nuestra experiencia.

Terminamos el día con un helado entre las manos, saboreando la frescura de la vainilla envuelta en un delicioso y amargo chocolate. Por la mañana nos esperaba un entretenido paseo en el jardín Japonés.

 Japanese Tea Garden: Fluir constante de sensaciones, olores y texturas

Descubrimos  el jardín japonés de las manos de uno de los voluntarios de “City guides”. Recomiendo que juzguéis por vosotros mismos cuando tengáis la oportunidad. Muestran San Francisco y sus alrededores, de forma gratuita y con un espíritu envidiable, sabiendo transmitir su historia y hacer que te sumerjas en ella de lleno.

http://www.sfcityguides.org/

El jardín Japonés inspira vitalidad y serenidad, parece un sueño en el que te sumerges entre rocas que componen montañas, la grava dibuja ondas creadas por una gota imaginaria que desciende suavemente, los arboles toman bellas formas, y sus copas adoptan redondeces exquisitas, el fluir del viento mueve el bambú siempre presente, dejándote oír la música de tus emociones.

Al pasear por sus caminos te invaden colores, olores y texturas en un fluir constante de sensaciones. Una casita de té donde puedes darte el placer de sentarte y disfrutar de ese delicioso brebaje, el sonido del agua, una tortuga tallada en una fuente, parece ser que el tocarla te auguraba una vida larga.

–          Mami, Aita!!! tocad la tortuguita– los dos al unisón, con alegría infantil.

–          Noa vamos a meditar, se hace asi “om mani padme hum” me lo dijo el abuelito- aseguraba Ishi a su hermana, mostrándole como sentarse y colocar las manos.

–          Es así? Ishi- Pingu, su pingüino de peluche sobresalía entre su camisa blanca.

A veces, piensas que el silencio y los niños no forman un buen equipo, pero en esta ocasión disfrutamos los cuatro, iniciando la mañana de un tranquilo paseo en este espacio tan delicadamente detallado e ideado para meditar.

Baker Beach. Conocida como la mejor playa de San Francisco

Reconozco que me encanta la playa, pero curiosamente, prefiero ir a ella fuera de temporada, pues para mí el disfrute no está en estirarme y tomar el sol, cual lagarto buscando el calor. Soy de piel blanca y a pesar de que adopta rápidamente una suave tonalidad tostada, reniego un poco del cálido sol de verano.   Disfruto sumergiéndome en el agua, pero sobretodo considero que el mar amansa a cualquier fiera. Es un lugar ideal para que cualquier salida tenga éxito.

Baker Beach tiene una posición extraordinaria con vistas al Golden Gate Bridge. La vista es fabulosa. El puente rojizo  permite el paso de San Francisco  a Sausalito, su pueblo más cercano una vez cruzado el rio.

–          Aita, construimos un castillo con piedras- Ishi buscaba pedruscos en la orilla.

–          Eso si un castillo enorme- reclamaba Noa

Construyeron una plataforma de piedras, plantando un palo en su zona lateral. Lo gracioso fue ver como el castillo término siendo un “pipi can”, donde los perros olisqueando decidieron que era el lugar más adecuado. Los dueños se disculpaban al ver la desilusión en los ojos de los niños, pues como habréis imaginado, a la primera meada les dije que ya no podían jugar con su castillo.

–          Pero mami, no es justo llegamos primero.- protestaban

–    Vamos, os reto a una carrera por la orilla.- Angel salió corriendo pies en polvorilla.

La niebla iba adentrándose en el mar y el Golden Gate Bridge se fue difuminando hasta desaparecer.

Exhibición de cometas. Amigas del viento

Cuando una cometa forma parte del cielo, el paisaje se transforma, al igual que al añadir una especie a un sabroso plato. El viento es vital, pero la sabiduría del que la hace volar se ve reflejada en la suavidad del vuelo. Que hermoso seria poder subirte a su cola y dejarte llevar!!!.

Un gran oso lila surcaba el cielo, a su lado una especie de demoniete de color azul y zapatillas rojas, que absurdo verdad?, pero que conjuntado. Al divisar los dos amigos, quisimos acercarnos un poco más.

–          Hola señor oso, puedes venirme a buscar y daremos un paseo.- prometió Noa, chillando al viento.

–          Yo quiero volar una, guao. Ehoooo.

Cometas de colores por doquier, es impresionante ver como las hacen volar, parecen tener vida propia en su alegre subir y bajar, girar, voltear en una locura incierta. La alegría era contagiosa, así que finalizamos la tarde al lado del mar en esa campa verde, rodeados y acompañados por un sinfín de cometas.

Pier 39. People call me “Forrest”, Forrest Gump (Me llaman “Forrest”, Forrest Gump)

Pier 39 es un centro comercial y principal atracción turística construida en un muelle. Es fascinante ver como los arquitectos pueden dar una nueva pincelada y provocar un cambio tan espectacular a lo que en su día fue un mero muelle de carga. El Pier 39 tiene encanto, a pesar de su contenido altamente turístico.

La transformación del viejo muelle en un lugar de encuentro y de paseo elegido por los ciudadanos de San Francisco, hace de Pier 39 un lugar muy agradable en el que disfrutar la mañana. Por otro lado, la posibilidad de ver en directo la vida y relaciones de la gran familia de leones marinos, hace que el lugar todavía adquiera mayor interés. Estuvimos largo rato sentados observando sus movimientos. Unos en un aletargado sueño, otros nerviosos descendiendo del muelle al agua, inmersiones en el mar, otros en su incontrolable batalla por conquistar a su dama, sus sonidos guturales nos hacían reír a carcajadas.

–          Jajaajajaaja, Aita has visto como hablan, parecen que tengan una trompeta en la boca– comentaba Ishi

–          Mami, sabes imitarles, pruirrrrr, truirrrr- intentaba Noa haciendo resonar sus labios.

Incluso pudimos probarnos los zapatos de Forrest Gump, recordando el personaje y la estupenda interpretación que realizo Tom Hanks en el film.

China Town

Normalmente el ambiente en estas zonas de la ciudad ya suele ser muy intenso, pero en San Francisco estaban celebrando el día de los niños en China Town. Paseamos por su calle principal. El tráfico estaba cortado, invadimos sus calles y nos enfrascamos en las actividades.

Ishi deslizaba un “hulahop” amarillo en su cintura. Graciosamente movía las caderas de un lado a otro. En las aceras, la vida seguía su rumbo, tiendas con productos típicos, cada una en su ajetreo, bajabas a la calle y saltabas la cuerda o jugabas con raquetas de badmington.

–          Chupeta una, chupeta dos, chupetaaaa tres.- Noa se liaba con la cuerda, al deslizarse, se le enganchaba con el final de su falda.

Había tiendas en las que mostraban grandes figuras; una niña con trenzas leyendo un libro con quien Noa se sintió identificada, pero finalmente se decidió por subirse a un gran elefante con la trompa en alto. Le fascinan los elefantes.

–          Aita, yo me podré subir a un elefante algún día?. Pregunto Noa

–          Bueno, es posible en la India o en Thailandia… contesto Angel

–     Y nos podremos llevar uno a casa cuando acabemos la vuelta al mundo… pregunto inocente.

–          Imposible de todas todas- contesto riendo.

Los días en San Francisco pasaron volando, el atardecer sucedía distraídamente al amanecer y la noche siempre se nos venía encima casi sin avisarnos. Una ciudad que nos maravilló, vibrante y dinámica. Una caja llena de sorpresas a conocer.

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