Kioto, el mundo de los sauces y las flores

Tras finalizar una lección de matemáticas, Ishi estaba satisfecho sabiendo que nos desplazábamos a Kioto y teníamos que tomar el tren Bala, mas conocido como “Shinkansen”. Como otras veces la sensación de orden era espectacular, la puntualidad británica y el formalismo de las personas que esperaban en el anden admirable.

–          Ala!! aita mira que tren mas precioso, que líneas, y es verdad que va tan rápido?.- Preguntaba Ishi admirado ante semejante maquina.

–          Si chico, ya veras saldremos volando.– Ángel bromeaba alegremente

La inmersión en Japón creaba en la familia un estado un tanto confuso, una cierta sensación de pérdida de lo cercano, de lo más característico, de una calidez latina exteriorizando constantemente sentimientos, la unión a través del lenguaje y de un lenguaje corporal fácilmente reconocible. Las calles entrecruzadas, los mapas en japonés, la dificultad de entender las lecturas en ese bello trazado de letras.

–         A ver déjame situar, estamos cerca.- Ángel iba girando el mapa de Kioto.

–        Si, menos mal que te sitúas, pues es bien complicado.- Yo le seguía dando vueltas de arriba abajo intentando localizar hacia que lado debíamos seguir.

La mayoría de japoneses no hablan en Ingles, y les es difícil de entender el acento, pero si les escribes en un papel probablemente les resulte mas fácil, pues lo han estudiado en el colegio. Era fascinante, no era capaz de reconocer los mismos signos, amago de sonrisas, el poco uso de sus manos al conversar, caras sumamente inmóviles,  las expresiones me eran del todo irreconocibles, el sonido de su lengua con un sinfín de lo a que a mi me parecían onomatopeyas, en ese “ heeeeeee” alargado al escuchar, o ese sutil intercambio de miradas me dejaba del todo descolocada, si bien con muchas ganas de reír por la situación inusual.

–          Ángel, no estarán enfadados?, que seriedad, que prisas, ¿pero donde van?.- Le comentaba sin entender por donde circular, siendo prácticamente arrasada por una bicicleta en la que viajaba una mama con dos niños.

–          Si, realmente parece que están enfadados, pero no es posible que coincida tanta gente en ese estado.- Ángel se junto hacia mi cogiendo a Noa de la mano, una nueva bicicleta tocaba el timbre para que nos apartáramos de la acera.

Su cultura les enseña a no exteriorizar sentimientos, a no mostrarlos,  siempre trabajando el interior, el dar negativas se considera poco educado. Tienen un sentido del respeto finamente detallado. Un silencio invadía el interior del vagón, solo se oían nuestras voces, mucho más sonoras y escandalosas.

Silencio,  japoneses durmiendo

Una vez en el interior los ciudadanos son capaces de dormir en cualquier posición, es inusual ver como cuando casi están a punto de dar con el compañero de asiento, algo en su interior les da la señal de alarma y se recolocan adoptando una postura mas erguida, postura que ira cayendo a medida que su cuerpo se relaje. No obstante en los días que estuvimos en Japón no vimos nunca ningún cuerpo dormido llegando a tocar con el vecino, también claramente dormido.

–       Mira mami, que se cae ese señor encima del libro, pobres japoneses están tan cansados, siempre duermen, ¿Qué no descansan por la noche?.- Noa intentaba hacerles carotas junto a su hermano, era su nueva modalidad de diversión.

–        Si Noa, si que duermen pero trabajan mucho y los ratitos que pueden descansan.

–        Ahhh! Ya decía yo.- Noa no dejaba de observarles.

Las preguntas de los niños descubrían nuestra propia realidad, el silencio, el constante observar sus móviles en sus diversos mensajes, la lectura de los libros siempre cubiertos por un hermoso envoltorio que no dejaba leer su titulo, pues por supuesto el mostrar el contenido por lo que uno muestra interés, es ofrecer al extraño una parte demasiado personal de uno mismo.

La lectura es de atrás adelante, de arriba abajo y de derecha a izquierda. Protegen su intimidad, ocultan sus sentimientos, son reservados, amables, preservando su cultura, sus creencias, sus tradiciones, honrando a sus ancestros.

The subway

El metro en Japón es sensacional, rápido, limpio, cómodo, fresco, grandioso, ahora bien has de tener la capacidad de situarte, descifrando que línea has de tomar para llegar a destino, de entre las infinitas posibilidades de pérdida. Las señales para un occidental son confusas, los funcionarios no suelen hablar ingles, el flujo de personas es abundante, los cajeros donde sacar los billetes tienen como toda maquina  sus cualidades y sus dificultades de aprendizaje, cuando no tienes la soltura que conlleva esos primeros días.

–          Tengo sensación de tortuga reumática, a ver hacia donde vamos, si creo que es este, el billete sencillo, pon las monedas, mierda!!! de nuevo en japonés, así no entiendo nada.- Ángel renegaba de vez en cuando mientras yo intentaba que Noa e Ishi no siguiesen el flujo de gente que venia en dirección contraria.

–        Aita, puedo yo poner las monedas?, déjame a mi por favor.- Ishi reclamaba participar en todo, pero Ángel intentando aclararse no estaba por la labor.

Finalmente llegamos a la salida adecuada y visitamos el Castillo de Nijo-ho.  El castillo se construyo en 1603 como la residencia oficial del primer Tokugawa Shogun. El castillo de Nijo-ho es uno de los más finos ejemplos de los tempranos periodos Edo y Momoyama.  Cada línea de su arquitectura te traslada a otra época.

Kioto nació hace 1200 años, ciudad que hasta el siglo XVII fue la capital del sol naciente. Todo ello hace de Kioto una ciudad de belleza inigualable, donde sus palacios, templos y jardines crean una atmosfera que irradia equilibrio. Japón disfruta de las cuatro estaciones del año, llegamos a Kioto al fin de la primavera y el inicio del verano, la primavera es una de las estaciones más bellas, el brotar de los cerezos en flor inspira a los habitantes empezar el nuevo año con frescura. No pudimos disfrutar de esos cerezos en flor, pero todo estaba impregnado de un verdoso resplandor.

Nishiki Foof Market, una delicia para los sentidos

El hotel donde nos alojamos era pequeñito pero acogedor, en realidad estaba destinado a hombres de negocios, así que desentonábamos un poco como familia con niños pequeños pero al mismo tiempo nos trataron con una simpatía de lo más cordial. El pelo rubio de los niños fascinó a las recepcionistas del hotel, así que se fundían constantemente en eternas sonrisas.

–          Mama, que hace ese hombre tocando las tetas de esa señora.- Noa se estaba partiendo de risa e Ishi estaba mirando la tele con los ojos que parecían salirse de las orbitas.

–          Pero que habéis puesto.- Ángel apago de inmediato el televisor quitando el mando de las manos de Ishi

Resulto que el mando tenia el teclado dividido en dos, con uno accedías a la programación habitual, con el otro lado accedías a un canal porno. Y la ley Murphy hizo su efecto y el porno apareció como pantallazo. En fin, la escena de las tetas y el hombre fueron comentadas por los niños con sus risas durante unos días.

Cerca del hotel te podías perder por el mercado de comida, donde los mas variados alimentos y rarezas culinarias eran expuestas  en un arte muy peculiar, los olores inundaban tus fosas nasales, la boca te salivaba, te daban ganas, de tocar, de tastar, de probarlo todo sin dejarte ni un solo manjar. Algas, pescaditos, vegetales aliñados en salsas, conseguían un colorido y  sabor inigualable. Los tenderos troceaban en diminutos bocados, listos para llevar a la boca.

–          Ummm! Que rico este, puedo probar más.- Los niños disfrutaban de los puestos.

–          Quiero la receta, mami la pedimos.- Noa quería cada receta de lo que probaba

Compramos unos pescaditos, íbamos avanzando saboreando, cogiéndolos a puñaditos. En otro puesto elaboran brochetas de frituras diversos, el olor era delicioso y el sabor tan delicado. La disposición de cada producto estaba tan cuidada que ya solo ese arte al presentarlo, el aspecto del producto y la infinidad de alimentos del todo desconocidos te atraía cual imán, dando ganas de quedarse en el mercado hasta conseguir saborear un poco de todo.

Llegamos a un templo donde serenarnos, de nuevo esa calma, ese espíritu, ese bienestar, ese misterio que encierran los templos. El olor a incienso, las velas encendidas, el enorme cascabel sonando “clongggg” tras tirar del cordón, el agua de la fuente saliendo de la boca del dragón y un monje plácidamente escribiendo sobre un libro en esa belleza de letras estilizadas.

Festival Aoi Matsuri en el Palacio Imperial

Nos comunicaron que el festival tendría lugar en el Palacio Imperial. Cuando a un español le hablas sobre festival, a tu mente acuden todo tipo de imágenes alegres, musicales, gente, condensaciones, bullicio, movimiento, espectáculo, diversión….. ¿No se os ocurre algo mas?, pero os aseguro que no estábamos preparados para observar lo que sucedió en el desfile de Aoi Matsuri.

Llegamos temprano, como familia nos consideramos madrugadores, y la verdad es que a pesar de ser cuatro nos organizamos de tal manera que normalmente llegamos a tiempo a cada evento. Caminar por Kioto es de lo más agradable, el ambiente que se respira esta falto de ese ritmo desenfrenado que invade Tokio. El Palacio Imperial esta rodeado de cuidados jardines, los ciudadanos estaban preparados, las personas esperaban a ambos lados de una avenida central que partía directamente de la puerta principal del palacio. Habían extendido telas diversas, ocupando un espacio siempre ordenado, observando desde esa posición sentada con las piernas cruzadas. El vestir japonés puede ser de lo mas variopinto dependiendo del sexo, la edad, el día, largas melenas al viento, recogidos altos formando un moño, gorros, paraguas que evitan que les de el sol, caras pintadas de blanco, ropa holgada, cómoda, faldas muy cortas, piernas desnudas luciendo diminutos calcetines que terminan en blancos bordados. Guantes que cubren de las manos a los codos, dedos al aire. Caminan erguidas, elegantes, susurrando en un hablar prácticamente imperceptible.

Y el desfile se inicio en un mutismo impactante, sin música, sin gritos, sin baile, sin apenas moverse, los jinetes avanzando en sus mágicos vestidos, te hacían sumergir en la época en la que los caballeros lucían esplendorosos, las geishas bajo la sombrilla en esa belleza pálida, los colores de las telas, la presencia de los carruajes tirados por bueyes, la disposición de toda la marcha, el orden, ese silencio cortado por algún murmullo, el ruido de las ruedas de los carruajes al avanzar en un lecho de gravilla, el casco de los caballos, las niñas de cara pálida en esos alegres vestidos.

–       Donde estamos mami, no íbamos a un festival?.- Preguntaba Ishi, a quien le confundía tanto como a mi el silencio en un entorno festivo.

–        Bueno cariño, cada cultura celebra a su manera, y este desfile es precioso, quizás yo también eche  en falta un poco de ritmo.- Le contesté, sin convencerle.

–          Pues a mi me parece de lo mas aburrido, cuanto falta para que acabe, puedo ir a jugar allí a los arboles.- Ishi no encontraba magia ni intentándolo.

Finalmente la ultima carreta paso por delante del lugar en que nos ubicábamos, y la gente tal y como había aparecido, fue difuminándose en silencio, y la multitud marchó siguiendo diferentes caminos.

Recorrimos el Palacio Imperial, y a pesar de no poder acceder a él, disfrutamos de su magnifica estructura. Ishi y Noa jugaban a caballeros  persiguiéndose alrededor del recinto y en un momento dado Ishi dio salto tremendo hacia el muro del palacio y el sistema de alarmas le dio un susto tremendo. Ángel sorprendido bromeaba con él.

–          ¡Ay Ishi la que has liado!, ahora veras que saldrá la guardia del emperador, “ring, ringgggg,ringggg”.- La alarma no cesaba, se había accionado al detectar a Ishi tocando la pared del muro.

–          Aita ahora que hacemos, yo no sabia.- Ishi estaba asustado

La alarma finalmente ceso, los japoneses que vieron la escena nos miraban divertidos, tranquilizamos a Ishi, riéndonos los cuatro a la vez.

El arte de servir el té

La ciudad se extiende a lo largo del rio Kamo. ¿Sabiais que en Kioto surgió la ceremonia del te, el arte del Ikebana “el camino de las flores”, los jardines Zen, el tatami como cama, la construcción de las casa de madera…..? Los japoneses son capaces de convertir las cosas más sencillas en una obra de arte. Sus ciudadanos sienten que modernidad con tradición no tienen porque estar reñidas, que es posible mirar el futuro sin necesidad de perder todo lo aprendido en su pasado. Los “Kyoto Jin”, hombres de Kioto se esfuerzan en trasmitir a sus hijos la sabiduría aprendida de sus padres y abuelos. Por ello, para el japonés actual, Kioto es un lugar de referencia que les conecta con sus orígenes.

Mi padre es un amante del té, y desde niña me he visto rodeada del aura que se respira cuando una persona prepara té, es todo un proceso lleno de armonía, desde el color y forma de la tetera, el tipo de té, la persona con la que lo compartes, la magia de la persona que lo prepara y el arte de servirlo. El aroma que se desprende de cualquier taza de té me hace adentrarme en ese mundo infantil en el que adorabas a tu padre, acompañándole y observando mientras danzaba mágicamente y los elementos necesarios se mezclaban dando el sabor apropiado al agua transformada en una bebida con un sabor especialmente delicado.

La ceremonia del té, es una forma de ritual, donde el pequeño grupo de invitados disfrutaran de un entorno tranquilo, lleno de equilibrio, armonía y hospitalidad, donde cultura e historia japonesas quedan impregnadas en su cálido sabor. A partir de la ceremonia del té intentamos llegar a un caminar en la vida mas agradable.

  • Educación y buenas formas.
  • Sintonizar creando mejores relaciones humanas.
  • Ganar en honestidad y despojarte de miedos.
  • Camino hacia los gustos refinados.
  • Armonizar con las estaciones del año.
  • Hacer la vida cotidiana más agradable.

Un aura especial en el distrito de Gion

En el barrio de Gion el tiempo se detuvo, las casas bajas de madera, las calles estrechas, los puentecitos cruzando algún afluente, pareces pasear en su época de esplendor hace casi 300 años. El barrio nació hace 500 años pero cobro especial importancia en el siglo XVII, cuando las Maikos “aprendices de geishas” y Geishas empezaron a servir en las casas de té.

Os recomiendo pasear al atardecer por sus calles y disfrutar de un té en una de las casas de barrio. Es curioso como vas paseando por un fondo gris, edificios, metrópolis, pero al adentrarte en Gion puedes escuchar los espíritus de sus ancestros, los fantasmas de la antigua capital y te imaginas en esa huella del pasado conviviendo en el Japón tradicional que existía antes de abrirse al mundo occidental.

Las casas de té o “Okiyas” te abren sus puertas mostrándote tradiciones ancestrales. Las aprendices de geishas, “Maikos”, tan bellas, parecen muñecas, avanzando a pequeños pasos, de movimientos suaves, pausados, silenciosos en un equilibrio que parece imposible de mantener por mucho tiempo.

–          Que ricas estas galletitas, ¿Por qué tienen blanca la cara estas señoras? ¿De que van disfrazadas?.- Noa no dejaba de mirarlas asombrada.

–          Noa son como Mulan, no te acuerdas de la peli, se ponen guapas para casarse y encontrar un novio.- Ishi le explicaba sonriendo a la geisha.

–          No, son geishas niños, expertas en distintas artes japonesas, tiene que estudiar muchísimo….- Intentaba explicarles acerca de esas mujeres.

–       Pero ,es una carrera universitaria mami?.– Ishi quería profundizar en el que hacían.

Un ángel en el camino

El hotel en el que nos alojábamos no tenía más habitaciones disponibles, habíamos decidido pasar dos días más en la antigua capital. Kioto nos había robado el corazón. Pero tuvimos que cambiar de hotel.

Tras tanto ajetreo, un cambio más de hotel no supone nada, pero si que conlleva enfrentarte de nuevo al acarreo de las maletas y a ver la ruta de metro que te llevará a tu siguiente alojamiento. Coger un taxi en Japón puede resultar caro si el trayecto es largo. La verdad es que Japón es un país caro y mas si llevas un presupuesto ajustado. El nuevo hotel disponía de  un servicio gratuito de bus desde la estación de trenes, así que organizamos todo para llegar a la estación  de Kioto para tomar el bus de la 16:40. La estación es inmensa y la densidad de personas circulando en diversas direcciones te deja sin respiración.

 –        La parada tiene que estar por aquí cerquita.- Con las mochilas íbamos de un lado al otro de la plaza preguntando por el autobús que realizaba el trayecto al hotel.

–          Pues chico yo no lo se ver, si quieres yo me quedo aquí con las mochilas y los niños y tu ves a buscar donde esta ubicado.– Le propuse a Ángel para agilizar la búsqueda pues el tiempo se nos echaba encima.

Como he dicho otras veces, los japoneses tiene dificultades en entenderte en ingles, y por supuesto para nosotros el japonés era imposible, así que nos mandaron de un lado a otro.

–          No hay manera de que nadie nos indique donde tiene la parada el bus, entre que la gente no habla ingles y los que hablan un poquito no me saben indicar la maldita parada, esto es enorme, Diana.- La camisa de Ángel estaba empapada de sudor

Finalmente a las 16:45, hora en que sabíamos salía el bus de la plaza en la que estábamos y casi a punto de rendirnos, temiendo que tendríamos que esperar  al siguiente bus que no salía hasta las 18:00, se nos acerca una japonesa preguntándonos si nos podía ayudar. Su inglés era muy limitado, pero finalmente nos conseguimos explicar, nuestras caras de circunstancia lo decían todo, en la odisea de conseguir llegar a tiempo.  Le explicamos el percance, y acto seguido se puso en contacto con el número de hotel que le habíamos proporcionado, comprendiendo finalmente que es lo que sucedía tras conversar con el recepcionista.

–          Lo siento mucho pero habéis perdido el autobús y el siguiente no sale hasta las 18h.– La mujer parecía tan preocupada como nosotros, pero de pronto tomo una decisión y nos sonrió.

Estoy segura de que la señora no iba siquiera en esa dirección, pero nos comento que mas de una vez viajando se había encontrado en situaciones parecidas y siempre le habían ayudado, así que con mímica nos dijo que la siguiéramos, que nos llevaría en taxi, que no nos preocupásemos que ella lo pagaba, estaba encantada de conocernos y podernos ayudar.  Por ello, desde ese día, todavía comentamos que nos cruzamos con un ángel, quien no quiso aceptar que pagásemos el taxi, quien nos acogió con una gran sonrisa y nos mostró una vez mas la gran hospitalidad japonesa.

Una de templos

Los occidentales entendemos el progreso como incompatible con todo aquello cargado de tradición. En Japón saben convivir tradición, religión y tecnología sin perder los orígenes culturales repletos de historias y conocimientos pasados. Nunca he entendido el porque de mirar al futuro precisa renunciar de un pasado, al igual que nunca entenderé que asentar la cabeza sea sinónimo

de enraizarse en un sitio fijo y con un trabajo estable. Para mi el equilibrio entre pasado, presente y futuro supone una gran sabiduría. El respeto a los ancianos nos hace más sabios, valorar el presente y poder disfrutar de un futuro mejor.

En Japón pudimos comprobar como el Zen y la sociedad del consumo viven de la mano, los monjes budistas y las geishas caminando entre “mangas” y ejecutivos, y vestuario futuristas, los templos y jardines Zen frente a los hoteles capsula y los grandes edificios…. En fin una gama de colores tan diferentes, tan distintos pero siempre formando equilibrio.

Kioto, en esa gran metrópolis, dispone de templos que presumen antigüedad cargada de belleza. Los colegiales en sus uniformes desfilaban buscando respuestas. El trabajo de los jardineros en ese cuidado equilibrio, la naturaleza dejando de ser salvaje dejándose peinar por dedos sabios que guían sus ramas. Las composiciones, el arte apareciendo tras un cuidado delicado, la dulzura en la energía que guardan los templos, la sabiduría de tantos años transmitida de generación en generación.

Visitamos el Templo de Plata, “Ginkaku-ji” y el Templo de Oro “Kinkaku-ji”, el mismo día desplazándonos en la misma línea de bus, la 204, que paraba al lado de nuestro hotel. Que os voy a decir, simplemente no os lo perdáis, no es solo bello, es espectacular, percibes la espiritualidad, te sumerges en sus jardines, una imagen teñida de miles de tonalidades, sublime, increíble, indescriptible, te hace vibrar, y te hace sentirte especial como nunca lo has sentido. Y de nuevo encendí una vela, toque la campana y pedí por aquello que más deseo.

 

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2 respuestas a Kioto, el mundo de los sauces y las flores

  1. Ester dijo:

    Que contraste tan grande no?, me ha impresionado bastante lo que comentas de la gente en el metro que oculta las portadas de los libros para no dar pistas de como uno es… demasiado autocontrol no?… por otro lado me has puesto los dientes largos Japón es otro de los rincones que espero poder conocer algún día…ojala..
    Hoy en Zaragoza mas de 38º … pufffffffffff … aquí estamos con las persianas bajadas esperando a que baje el sol para salir como los murciélagos….Un abrazo familia.

  2. Caray 38 º, ya podéis beber líquidos.
    Japón esta siendo un gran contraste, se une todo tecnología, filosofía, valores, religión… Y lo de envolver los libros pues tiene su sentido, pues si lo piensas es verdad que muestras mucho de uno mismo según la lectura que te seduzca 😉
    Se requiere de un gran autocontrol.
    Esta vez y por temperaturas, un refrescante abrazo

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