Los cariocas y su amado Rio de Janeiro

Marco, un taxista encantador nos llevó desde el hotel hasta el aeropuerto en Salvador de Bahía. Alguno de los muchos aviones que veíamos nos llevaría hasta Rio. Río de Janeiro es una de las ciudades Brasileñas mundialmente conocida, que aporta esa imagen de color, alegría, playas y diversión. En el hotel de Salvador Bahía habíamos estado en una burbuja, a pesar de que ya empezabas a tastar un poco de Brasil, pero fue en Rio de Janeiro donde realmente pudimos empezar a saborear su cultura y conocer a su gente.

Playa de Itacoatiara

La población brasileña muestra una gran variedad étnica y cultural. El brasileño desprende un calor humano de lo mas especial, contagia con su alegría, en una espontaneidad natural,  simpáticos, llenos de vida, dispuestos a festejar y celebrar, el baile, el carnaval, el futbol, el conversar en ese acento tan particularmente suyo.

Las playas en Brasil también son lugares a destacar. Esta pequeña playa cerca de Niteroi nos cautivó por su encanto, las familias bien avenidas, los surfistas en sus tablas esperando y persiguiendo la olas, una gran roca donde escalar, la compañía de otros “meninos” y un sinfín de arena, agua, sol, olor a cremas, palas, cubos y mucha energía con la que disfrutar.

Recreandonos por el paseo marítimo de Praia de Icarai en Niteroi

Niteroi es una ciudad del estado de Rio de Janeiro que fue fundada en Noviembre de 1573 por un indígena tupí de la tribu de los “temiminós”, llamado Araibóia, cuyo significado es “serpiente feroz” y tiene el privilegio de ser la única ciudad brasileña fundada por un indígena. Destaca la construcción a pie de costa del Museo de Arte Contemporáneo, diseñado por el arquitecto es el brasileño Oscar Niemeyer, constituyendo el símbolo principal de la ciudad. Realmente Niemeyer consiguió que su obra se fundiera sobre el mar.

“Quando o Prefeito Jorge Roberto me levou para onde seria construído o Museu de Arte Contemporânea de Niterói, eu senti que ali era a oportunidade de fazer uma boa arquitetura. Um apoio central e o museou a surgir solto no espaço como uma flor.””

                                                                                                     Oscar Niemeyer

Nos encantaba salir de mañana, tras un rápido despertar, caras recién lavadas, bañador puesto y dispuestos a comprar una bolsita de esas ricas y sabrosas bolas rellenas de queso. Diría que uno de los platos mas típicos de Brasil es su “Pão de queijo”, a nosotros nos conquistó, dicen que es fácil de preparar y aunque no conseguimos su receta, os aseguro que cada una de esas bolitas son una delicia para el paladar.

–          Mami quiero más pão de queijo, me encantan.– Ishi con una bola de queso en la boca y otra en su mano estaba pendiente de cuantas quedaban.

–          A mi me tocan más, yo solo he comido dos.- Noa reclamaba que ella iba mas lenta pero que también quería más.

Dábamos siempre, al iniciar o finalizar el día, una caminata por el animado paseo marítimo, por las mañanas mas tranquilo, hacia al atardecer los grupos de brasileños se animaban cada cual creando diferentes ambientes: los que dedicaban el tiempo a juegos deportivos entrenando en la arena de playa, los culturistas fortaleciendo músculos, los que corrían practicando footing, los que se unían para charlar, los que paseaban, las mamas o parejas con sus niños quemando los últimos cartuchos del día, los que preferían zambullirse en el mar, los inconfundibles turistas, los que paseaban a sus perros, los que saboreaban la delicia de un coco bien fresco, un heladito o una cerveza en compañía, los que bailaban y aquellos que regresaban del trabajo y querían unos minutos para fundirse entre los demás.

Visita al Pan de Azucar.

Solo pronunciando su nombre ya te da ganas de visitarlo. El Pao de Açúcar es una formación rocosa de 396 m de altura sobre el nivel del mar y que está situada en la Bahía de Guanabara.

Unos dicen que su nombre proviene de el hecho de que las dos rocas se asemejan a los montículos de azúcar que preparaban para mandar a Europa en los siglos XVI y XVII. Otros dicen que proviene de la lengua tipu guaraní “Pau-nh-acuqua”.  La vista de Rio que nos esperaba avivaba su belleza tal y como Leite de Castro describe mediante su arte en forma de mujer esculpida.

A cabeleira, a floresta;
Os seios, as montanhas;
A cintura, as praias;
A saia, as ondas do mar;
A silhueta, a graça da mulher carioca;
Aos pés da estátua, Íbis.

uma visão poética do Rio de Janeiro por Crtistóvão Leite de Castro

El cumpleaños de Ishi se aproximaba y Ángel en un ataque de espontaneidad le propuso como regalo de sus 10 años un paseo en helicóptero sobrevolando la ciudad hasta el Cristo Corcovado.

–          Aita lo dices en serio, no dijiste que mi regalo seria una vez llegado a Sao Paolo, ver un partido de futbol.- Ishi estaba impresionado con unos ojos abiertos como un búho.

–          Si en serio, pienso que es un merecido regalo de 10 años.– Ángel también estaba ilusionado.

Les esperé pacientemente, viendo cada uno de los movimientos. Finalmente el helicóptero ascendió con mi familia dentro, fue alejándose hasta convertirse en un pequeño punto sobre ese cielo azul, y desaparecieron al pasar entre una blanca y esponjosa nube. Fue una sensación extraña, por un lado me alegraba de verles partir tan decididos, tan contentos en esa nueva aventura, por otro era una de las pocas veces que nos separábamos, digamos que no soy muy amante de los vuelos, sean de largo o corto recorrido, en helicóptero, en avión, o en globo. La sensación de estar en el aire me atrae y me aterra de la misma forma. Ese día preferí verlo todo desde la firmeza que te aporta pisar con los pies en el suelo, o bien quizás necesitaba esa media hora tan solo para mi y mis pensamientos. Sus caras al aterrizar expresaban una energía muy particular, la panorámica desde el aire de la ciudad, de sus playas, las personas tan chiquititas y el encuentro con el cristo desde el cielo les había abierto una gran sonrisa entre sus mejillas.

Día en la playa de Ipanema

De nuevo teníamos ganas de playa, ya teníamos por la mano el recorrido de los autobuses, esos buses tan extraños, donde una vez pagas tienes que pasar haciendo correr algo parecido a una rueda, en la que muchas veces te quedas medio encajado. Las personas gruesas, embarazadas, con niños pequeños, lo tiene un poco mal. Noa que no pagaba billete la tenía entrenada para saltar sobre ella sin hacerla correr, pues sino al revisor se le descolocaban los números de pasajeros con billete, en fin todo un sistema de lo más extraño el cual todavía no acabo de entender por la incomodidad que les supone a muchos pasajeros.

Nos decidimos por la playa de Ipanema, querida por los cariocas y digna de disfrutar, muy animada, alegre, soleada, con ese mar embravecido pero practicable, una arena blanca, que ese día quemaba una barbaridad, tanto es que decidimos ir hacia el atardecer y disfrutar de las últimas horas. Ipanema tiene canciones que hablan de ella, la playa es grande, unos dos kilómetros diría yo, encuentras personas de diversa índole, zona de familias, de gays, vendedores ambulantes, amantes y locos por el deporte…. Nosotros, como siempre, los forofos de construir castillos de arena.

–          Noa corre ayúdame a construir la barrera y proteger el castillo, que las olas cada vez vienen mas fuertes.- Ishi estaba como loco, de rodillas escarbando en la arena.

–          Jajajaja, yo me lanzo si hace falta Ishi, no nos lo destruirán splachhhhh. Aitaaa ayúdanos- Noa se tiraba contra las olas intentando que estas no llegasen al muro.

El atardecer en cualquier playa tiene un efecto relajante, el sonido del mar, el olor a yodo, la fuerza con que el sol se despide, el recoger de los bañistas que te acompañan, cada uno de ellos con esa tranquilidad que ofrece el saber que tras llegar a casa y preparar la cena, disfrutaras de sentirte de nuevo en un acogedor hogar. Y ese hogar, ¿donde esta en estos momentos realmente nuestro hogar? ¿Quí lo sá?, lo creamos en cada lugar por el que pasamos, lo compartimos con otras familias, lo añoramos cuando entramos en nostalgia, nos regocijamos al recordarlo, al escuchar una melodía, o un olor característico que nos transporta de nuevo a nuestra querida Barcelona.

Visita al Cristo del Corcovado

Uno de los símbolos por antonomasia de Río de Janeiro es el Cristo Redentor, en la colina del Corcovado, desde donde puedes  disfrutar de una de las vistas más increíbles de la ciudad. Posee 30 metros de altura, esta subido en un pedestal de 8 metros, y pesa nada más y nada menos que 1.145 toneladas. La escultura fue construida en 1921, por el escultor francés Landowski y se puso en el lugar como elemento conmemorativo del centenario de la independencia brasileña. Recientemente fue elegida como una de las 7 maravillas del mundo moderno.

No obstante, os contaré algo que quizás también os suceda de vez en cuando. Es una sensación como si el mundo por una decima de segundo os guiñase un ojo, y en una especie de burla, os dijese “pero que equivocada estabas verdad”. Sucede cuando has estudiado algo con intensidad, te has maravillado con algún cuadro a través del papel que se muestra en algún libro de arte, de alguna figura, de una persona en concreto de la que tanto te han hablado pero que nunca has visto, de algún momento grabado en tu memoria, o simplemente algún recuerdo de niña. Al evocarlos los has transformado, en formas mas grandes, más pequeñas, más coloridas, mas o menos oscuras, con mas metáfora en las palabras de la conversación acaecida y en tu memoria  la realidad se guarda algo deteriorada. Y entonces cuando te encuentras realmente frente a la figura, el cuadro, el hombre del que te han hablado, vas al lugar donde sucedió aquel momento cuando eras niña, todo vuelve a colocarse en su lugar y te das cuenta de que nada se asemeja a lo que creías como verdadero.

El cristo Corcovado me impresionó con su tamaño colosal, parecía tocar el cielo rodeado entre nubes, que magnifica presencia, parecía sonreír, gritar y al mismo tiempo abrazar  a la humanidad al completo. Ahora entendía mejor las sonrisas de oreja a oreja que lucia mi familia al descender del helicóptero. Desde que inicias la visita te rodea un algo especial, el trenecito con el que asciendes, la vegetación que va cambiando de tonalidad en cada traqueteo del vagón, el idioma cantarín del hablar entre brasileños, su energía alegre, y una vez has llegado a puerto, las escaleras que van dejando adivinar parte del cristo, una mano, parte del brazo, un trocito grisáceo se deja entrever. Y al final del camino te quedas de piedra, miras hacia arriba, la figura te engloba en su imponencia, la gente desaparece de tu alrededor y allí estas, él y tu. Que inquietante pequeñez, un pequeño punto entre tantos otros frente a esa espectacular obra de arte, y tras un pequeño respiro tu esencia perdida en esa inmensidad vuelve a recuperarse con el sonido de las voces de tus niños.

–        Mami hazte unas fotos con nosotros, así con los brazos abiertos como el Cristo.- Ishi y Noa estaban impacientes.

–        Mira Diana que vistas, Rio es precioso lo veas desde donde sea.- Ángel disfrutaba de las vistas.

Y realmente el paisaje del que disfrutas se transforma casi irreal, con las luces del atardecer, el horizonte visual que se abre desde este punto de Rio de Janeiro, te ofrece la oportunidad de disfrutar de todas la ciudad a tus pies, una vista panorámica rica en belleza, donde dan ganas de probar las redondeadas montañas de azúcar, o dar un gran salto y volar sobre ese inmenso mar que bordea la ciudad.

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