Vancouver. En la variedad está el gusto

Teníamos que devolver el coche alquilado a las 12 del mediodía en Calgary, con el depósito vacio a ser posible. No sé si os ha sucedido en alguna ocasión, la inmensidad de carreteras, autopistas, direcciones posibles, tráfico en hora punta, conducción y señales ligeramente diferentes que las propias aprendidas en tu ciudad natal, hacen que tengas cierto nudo en el estomago cuando tienes una cita a una hora determinada, en una constante sensación de posible perdida.

A veces creo que tenemos una estrella que nos guía en nuestros posibles errores, pues conseguimos llegar al aeropuerto, a la hora en punto y con el depósito a cero, cosa que creíamos del todo imposible.

Nuestro avión salía a las 10 de la noche, así que hicimos tiempo en el aeropuerto. Las esperas en los aeropuertos pueden ser suculentas, si consigues mantener la calma y no perder los nervios. Si consigues la paciencia deseada, sin darte cuenta observaras que el tiempo va avanzando hacia el momento esperado…la hora del despegue.

La hija menor de Dimpho nos esperaba en la zona de llegadas. Nos llevó hasta el lugar donde su padre estaba aparcado… ¡¡¡que gozada cuando tienes alguien que te acoge tras un día tan largo!!!.

Buenas noches Vancouver.

Desayuno en familia 

Una de las incongruencias que suceden al viajar, es echar de menos tus raíces, tu hogar, tus amigos, esa morriña o nostalgia. En realidad lo que realmente haces es volver a valorar lo que tienes a tu alrededor y eres más consciente del entorno que te envuelve, de tu vida social, de tu familia, tu trabajo…etc

Es asombroso observarte desde otro punto de vista, y es entonces, cuando los momentos que vivimos con otras familias nos pueden transportar a situaciones vividas con intensidad en tu propio hogar.

Dimpho se levantó enérgico, “I´m going to cook a vegetable omelette guys“ (os voy a hacer una tortilla vegetal chicos), pim pam pum, sus manos fueron preparando todo lo necesario. Los cajones y armarios se iban abriendo y cerrando. Unas tostaditas, mantequilla y canela para los niños. Bate los huevos, va pasando los vegetales, pero al darle la vuelta a las tortillas no conseguía crear una masa uniforme. Más bien el huevo iba tomando un color marronaceo, y la tortilla a medida que le daba vuelta, iba perdiendo forma pareciéndose más a unos “scramble eggs” (huevos revueltos). Reímos, nos confesó que era su primera tortilla y que probablemente había descuidado el “glue” (pegamento), lo que para él era el queso, el secreto de realizar una tortilla con todo su esplendor, sabor y forma.

Dimpho llegó a Vancouver  hace 20 años, desde una pequeña población de Lesotho, su país de origen. Tiene dos niñas de 13 y 18 años. Su piso tiene una ligera semejanza al nuestro, en cuanto a que puedes observar que África y su ritmo, forman parte de su vida. Hemos tenido la suerte de ser sus primeros “couchsurfers”, y estamos encantados.

Noa no cesa de reírle y ser zalamera, le sigue ahí donde va, le trae ramos de flores que encuentra en el camino, imita sus gestos, sus movimientos, le hace las cien mil monerías irresistibles, así que Dimpho suele llamarle “my girlfriend”.  Ishi se siente a gusto haciendo de hermano mayor, ahora bien, intenta acaparar también su atención y a la que puede le propone un partidito de “soccer” (futbol).

Stanley Park: Puedes llegar a perderte entre su diversa vegetación

Paseamos dos días por Stanley Park. Disfrutamos tanto el primer día, que nos quedamos con ganas de repetir. Esta extensión de tierra, plenamente vivida por los vancouvertias, es lugar de ocio y recreo. Está constituido, principalmente, por un bosque de coníferas de cerca de medio millón de árboles. Cuenta con más de 200 km de caminos y senderos, y dos lagos donde los nenúfares crecen a sus anchas, embelleciendo la zona: el lago Beaver y la laguna Lost Lagoon.

Es un sitio precioso en el que poderte perder y disfrutar en cada una de las actividades posibles, o simplemente dejarte llevar, internándote entre sus senderos y disfrutar del paisaje que te envuelve.

Si alguna vez tenéis la oportunidad de visitarlo, os recomendamos dar un paseo en bicicleta.

           

Fue divertido rodear el parque. Alquilamos tres bicicletas, una de las cuales llevaba un anclaje que sujetaba la segunda bici, donde Noa iba sentada. No es tan fácil de llevar si no estás acostumbrado, pues a pesar de que las dos pedaleamos, Noa a veces desestabilizaba en su excitación por enseñarme novedades que veía en el camino. La bicicleta es muy larga y el giro que puedes dar tiene que ser con menor ángulo del que normalmente estás acostumbrado, pero tras cinco minutos de rodaje,  los cuatro fuimos a buen ritmo recorriendo el parque y sus alrededores. Ishi pedaleaba como un loco. Si lo tuviese que escenificar, me recordaba a los dibujos en los que cuando quieren expresar velocidad, en vez de pies ves un gran remolino.

-“Aita has visto que rápido voy, que os adelanto, es guachi, todos a la derecha, ring ring, ring..”

Mientras, podías escuchar la vocecita de Noa, con su melena al viento, detrás de mí. Iba feliz  cantando a todo pulmón.

– “Juuujuuuu, jabadabaduuuuuu….”

Tocando “drums”: El sonido  que llega a lo más profundo de tu alma

Tras un día en la playa, Dimpho nos invitó a un encuentro en un parque conocido como “Spanish Banks”. Su grupo se reúne dos veces por semana para tocar conjuntamente los “drums”. A las seis de la tarde solo había tres personas con sus tambores, pero poco a poco fueron llegando de todas partes. No solo tambores, maracas, caracolas, trompetas, campanas,..etc, diferentes instrumentos formando una percusión rítmica que conseguía llegar a lo más profundo de tu ser.

El ambiente no solo era bello en sí mismo, los tambores africanos, llenos de sonidos, parecían imitar el habla y los patrones del habla, armonizando entre los instrumentos que seguían el compás de los diferentes ritmos creados.

Estimulando ambos hemisferios derecho e izquierdo, la mente se perdía, absorbiendo el compás, los sonidos. La música te invadía y el movimiento surgía haciendo que tu cuerpo bailase dejándose llevar por los demás. Un círculo de tambores e instrumentos, un centro donde corazones desbocados bailaban, dejando preocupaciones a un lado y sintiendo bajo sus pies descalzos la suavidad de la hierba. Un ambiente cálido, lleno de sonrisas donde el círculo mágico se nutria de pura energía, algo cercano a la meditación.

La familia al completo disfrutó de ese bello atardecer entre Vancouveritas. Una noche donde una preciosa luna llena asomo inmensa. Donde sentimos que, los tambores, además de ser un objeto bello en sí mismo, es un instrumento lleno de sonidos, generoso en muchos aspectos, creador de redes humanas y digno de ser explorado.

Grand Ville Island: En busca de un libro y rescatando un frisbee

El “sky train”, cuyo nombre viene por recorrer Vancouver sobre una plataforma elevada, en el cual, una vez dentro del vagón tienes una visión desde una perspectiva más alta, pareciendo que viajes volando sobre la ciudad. Descendimos en una de las paradas del Down Town.

Es grato pasear por el barrio, en ese alegre ajetreo peatonal. Los comercios y tiendas se van sucediendo entre bares y restaurantes. Nos percatamos que jugaba el Barça-Madrid. Nos quedamos con ganas de saber el resultado, los goles se iban sucediendo escuchando el “goool” sonido que suena muy parecido independientemente del lugar de origen. No supimos del resultado hasta llegar a casa.

Buscábamos una librería, pues queríamos regalar a Dimpho el libro “La semana laboral de cuatro horas” de Tim Ferriss, cuya lectura inspiró a Ángel a plantearse si realmente estábamos siguiendo nuestros sueños o simplemente hacíamos lo que toca, según las hipotéticas normas sociales.

En fin, en una de las noches en las que conversábamos con Dimpho, salieron entre otros temas, las ganas que tenia de jubilarse antes de lo estipulado y las ganas de dejarse llevar por lo que realmente quería hacer. Por ello pensamos que el libro era muy adecuado para dar un poco más de vidilla a su batalla interior.

Se acercaba la hora de comer. Uno de los barecitos con pinta de taberna Irlandesa nos estimulo lo suficiente para adentrarnos y poder disfrutar de un menú, muy bien de precio, para los estándares canadienses. Me rio de los estándares canadienses!!!. Que barbaridad!!! Que país tan caro!!!. Recuerdo unas imagines musicales de windsurfistas en su primera clase. Me daban ganas de coger la tabla y esperar la ola. Entre música, movimiento de hombros siguiendo el son  y un ambiente entretenido, saboreamos unos aros de cebolla, una ensalada caesar y una suculenta hamburguesa con patatas, todo acompañado por cerveza de barril para los adultos y agua con mucho hielo para los críos. Voy como loca quitando el hielo, pues sino finalmente acabas con dolor de cabeza, ya que no paran de reponer el vaso una vez lo has vaciado.

Finalmente seguimos nuestro camino hasta llegar a Grand Ville Island, muy adecuado para ir con niños y disfrutar del resto de la tarde. Como padre estas perdido, entre otras muchas actividades, te das de bruces con una bella juguetería en la que hasta Papa Noel se encontraría  un tanto desconcertado. Caímos en la tentación, Ishi se encapricho con unos muñequitos de Lego Star Wars, Noa con una mamá y un niño de playmobil y Ángel hace días que iba detrás de un frisbee. ¿Habéis hecho volar uno alguna vez? Es mágico lo sencillo que parece  y la complejidad aerodinámica que conlleva. ¡¡¡Caray la distancia que recorría y como volaba!!! El espacio en el que jugábamos era una explanada de hierba enorme. No sé si el ser zurda, tiene algo que ver, pero os aseguro que Ishi y Ángel cogieron el truquito mucho antes que yo. Cuando yo lanzaba, mi trayectoria siempre seguía un ángulo un tanto más complicado del que Noa con cuatro años podía conseguir.

Me fui a un banco a leer y a los dos segundos Ishi vino corriendo, gritando, diciendo que el frisbee estaba colgado en lo más alto de la copa de un árbol. Irrecuperable.

– ¿Como que irrecuperable?, esto no puede ser, pero si lo acabamos de estrenar.

– Ya le he dicho que tan alto no…tan alto no

– Pero aita, yo no sabía que iría justo a ese árbol.

Caras desanimadas. Estudié la situación y decidí internarme entre el tronco y desaparecer entre sus ramas. Entre otras cosas, soy muy tozuda y me parecía deprimente perder el frisbee en su primer día. Seguí ascendiendo. Me iba llenando de un polvillo amarillo, las ramas se iban haciendo cada vez más pequeñas y el suelo había desaparecido desde mi perspectiva. Escuchaba mi familia alrededor del árbol y yo seguía sin ver el susodicho elemento volador.

– Caray! pero donde está?, no lo veo, podéis dirigirme. Qué demonios hago yo en la copa de un árbol?. Como para darme un trastazo de lo más absurdo y no contarla.

– Mami, casi lo tienes. Sube un poquito más.

– Un poquito más, pero por donde. Las ramas son cada vez más estrechas.

Creo que estuve una hora colgada del árbol, pues una vez rescatado el juguete, me quede un tanto estancada sin saber cómo bajar. Cuando llegué a tierra estaba de lo más sucia y rasguñada en brazos y piernas. Ángel me miraba con mirada picara. “Vaya pinta, como te has puesto”.

– Guau, mami eres estupenda, me he librado de una buena bronca, Bufff.

– No Ishi, podría haberle pasado a cualquiera.

Respondió Ángel cuyo ojo lagrimeaba sin cesar pues en mi ascensión le había caído una brizna dentro. Tras voltearle el parpado y verterle un poco de agua conseguimos que cediese la molesta sensación en su interior, y la cornea fue perdiendo ese enrojecimiento característico. Se estaba haciendo tarde. Recogimos y partimos hacia casa.

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